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En
Irlanda ya no se podrá fumar en el lugar de trabajo, en los
restaurantes ni en los bares. Es deseable que en ese sentido, más pronto que
tarde, se adopte en Europa una medida común a todos los países integrantes
de la Unión. Evidentemente la iniciativa del ministro de sanidad irlandés,
Michael Martin, es mucho más sensata que la promesa del presidente francés
Jacques Chirac de habilitar zonas de no fumadores en dichos lugares, lo
que
me recuerda que, no hace mucho, en plena democracia española, en un tren o
en un autobús la zona de fumadores era para el caso la misma que la de los no
fumadores, puesto que se permitía fumar desde la fila once hasta la veinte,
pongamos
por ejemplo, y desde la uno hasta la diez, en el mismo vagón o autobús, podían
viajar cómodamente los no fumadores.
Hace falta ser cenutrio ¿verdad?
No lo digo con ánimo de insultar a nadie, desde luego, ni creo tampoco faltar a
la verdad recordando que cuando los parroquianos se ponían a fumar en
coro dentro del vagón, no digamos ya en el bus, resultaba indistinto
estar en la fila
fronteriza que en la otra punta de la zona habilitada, pues el humo es
libre, como a buen seguro
tenían que saberlo aquellos inquisidores, perdón, quise decir legisladores, o
¿es
que no había leyes al respecto y RENFE y las diferentes compañías de
autobuses aplicaban directa y unánimemente el sentido común?
Ironías aparte, se trataba de algo más que de una falta de consideración,
aquello
también era un atentado legal contra la salud pública.
Prohibido prohibir: naturalmente. Ahora se escriben frases como “en
cumplimiento del Real Decreto... " o bien: "en virtud de la ley... no
está permitido fumar... etc. etc.” Es mucho más bonito, no lo discutiré. Y
la ley será todo lo virtuosa que se quiera, pero el problema es que, aunque
no esté permitido, se consiente cerrilmente. Que me lo digan a mí, que no he
visto ni una sola vez a un vigilante jurado ni a un policía municipal, no
digo ya poner una multa, qué risa Felisa, sino siquiera llamar la atención
"motu proprio" a una persona que fumara en el metro, o en una estación
de
autobuses (a menudo subterráneas y ya peligrosamente contaminadas por la
sobreabundancia de otros gases tóxicos), o en el vestíbulo de una estación de
tren. La de Chamartín, en Madrid, se mantiene como vergonzoso ejemplo y da para un
reportaje
estrella con cámara oculta y todo: en su hall he visto fumar a multitud de
viajeros, empleados de RENFE, trabajadores de los diversos comercios que
allí se encuentran, y hasta a algún vigilante; nadie me lo puede negar. ¿Qué
instrucciones reciben estos señores de uniforme? Porque la normativa existe, es
clara, y no se cumple. Los agentes de seguridad, según parece, no tienen
potestad para imponer sanciones, pero la policía sí; además, algo podrán
hacer al respecto unos y otros... ¿o no reciben las consignas adecuadas de su
superioridad?
No soy un observador meramente ocasional, sino habitué más bien sufridor
,
ya que hace más de quince años ("quince años no es nada...")
viajo muy frecuentemente, aún más que antes, en medios de transporte públicos.
En un pasado algo más lejano, lo recordarán al
menos los lectores de más de cuarenta y tantos, si es que esto lo llega a
leer alguien, claro, había unos cartelitos en el metropolitano de Madrid
en
los que se leía: "se prohíbe fumar o llevar el cigarro encendido".
Antes de
aquellos avisos ("bajo multa de mil pesetas", creo recordar que señalaban,
si no en el metro, en algún lugar similar)
hubo otros en los que aparecía el más escueto "se prohíbe fumar";
ahora bien, sucedía que los maleducados a los que se advertía de su falta de
respeto se defendían con desahogo y eficacia asegurando que... ¡tan sólo llevaban el
cigarro encendido! ¡Ah, qué tiempos aquellos! ¿Se acuerdan? En lo
tocante a civismo, sin embargo, no se diferenciaban tanto los últimos años setenta,
incipientemente democráticos, de los tiempos actuales, en los que, tristemente,
persiste tanto la fea costumbre española de fumar donde no se debe, como la
denigrante y habitual actitud consentidora de los que deberían velar, en
cambio, por salvaguardar los derechos de los ciudadanos, entre los que se
encuentra el derecho a la salud. O ¿es que no se nota que en nuestro amado
país da igual, también hoy, lo que ponga en el cartelito? (o cartelazo, que
bien grandes son los que hay ahora en las estaciones de tren, y sólo falta
colocarles un cenicero
encima). Si antes la multa era de mil pesetas y ahora fuese de tres mil euros
(esta es la suma que hay que pagar en Irlanda por saltarse la prohibición),
¿qué mas da?, se hace más ancho el arco del triunfo y andando. Veamos si no:
¿cuántas personas fuman en lugares públicos a la vista de todos cada día y
cuántas
sanciones se han impuesto hasta hoy por esa causa? Y no es que uno esté empeñado
en
multar por multar, caramba, no es eso. Pero fijémonos: ¿fuma alguien
en una representación teatral, durante una conferencia, o en una sala de
conciertos? ¿Han visto ustedes fumar a algún asistente a los oficios
religiosos en
un templo, de la confesión que se quiera? No parece probable, no obstante, que
a estos
actos acudan tan sólo los no fumadores. ¿O es que las personas que fuman en
lugares públicos cerrados, en los que resulta cuando menos complicado
hacerlo, no han entrado nunca en un lugar de culto, ni tampoco han asistido jamás a
un concierto, ni a una función de teatro, o a una sesión de cine ?
Habrá quien afirme
que no es lo mismo; y sin embargo
las similitudes no se dan aquí en menor número ni con menos claridad que las
diferencias. En todo caso, participar en una manifestación cultural podrá
constituir un buen pretexto para
comportarse de manera civilizada, pero no es, en modo alguno, "conditio
sine qua non".
Por favor, admitamos que un ciudadano libre puede y debe llevar la cultura
consigo. A todas partes, no sólo a Irlanda.
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